(extracto)Dijimos, en un capítulo anterior, que la felicidad era algo por completo diferente del placer; averigüemos, pues, qué implica el placer y si es de algún modo posible vivir en un mundo que no contenga placer sino un sentido extraordinario de felicidad, de bienaventuranza.
Todos estamos ocupados, de un modo u otro, en la persecución del placer, ya sea éste intelectual, sensual, o cultural: el placer de reformar, de decir a otros lo que deben hacer, de modificar los males de la sociedad, de hacer el bien, de lograr mayores conocimientos, mayor satisfacción física, mayores experiencias, mayor comprensión de la vida, todas cosas hábiles, astutas de la mente; y el placer supremo es, desde luego, tener a Dios.
La estructura de la sociedad es el placer. Desde la infancia hasta la muerte, ya sea secreta, astuta, o abiertamente, estamos persiguiendo el placer. Por lo tanto, cualquiera que sea nuestra forma de placer, creo que debemos ser muy claros al respecto, porque el placer va a guiar y moldear nuestras vidas. En consecuencia, es importante para cada uno de nosotros investigar atentamente, con vacilación y delicadeza, esta cuestión del placer, porque encontrar placer y después alimentarlo y sostenerlo, es una exigencia básica de la vida, y sin eso la existencia se vuelve torpe, estúpida, solitaria y carente de sentido.
Usted quizá se pregunte, entonces por qué la vida no debería guiarse por el placer. Por la muy simple razón de que el placer debe, por fuerza, traer pena, frustración, dolor y miedo, y a causa del miedo, violencia.